¿Por qué leemos? | Legados
22 octubre 2020

¿Por qué leemos?

Te sugiero 2666 de Roberto Bolaños.

“La verdadera vida, la vida al fin descubierta y dilucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida, es la literatura”, dice Proust en La recherche du temps perdu.

Porqué leemos - espagnol à montreal Legados

— “La cuillère ne serve plus maman a été lâchée”, dice Rapha.

— “¿Lamida o lambida?” cómo lo dices, se pregunta el locutor en una radio de Ciudad de México.

Yo empiezo a dudar de cómo se dicen las cosas en español y qué temor da perder las palabras. Ahí la radio para recordarme lo que estoy olvidando.

— “Me encanta que estemos aquí mamá , de este lado de la costa”, dice Emma.

Sí, le respondo, nosotros miramos la vida desde este lado, sentí lo mismo que vos.

 

Empecé a leer 2666, novela póstuma del escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003) publicada en el año 2004 al comienzo del confinamiento por el COVID-19. Iba a buscar la cara oculta de un México que me había hechizado. Iba también tras las huellas de ese primer viaje, adonde había elegido ir no como evasión, sino como creación de otros mundos para mí, de otra forma de femineidad.

En mi primer viaje a México, llegué a Oaxaca, a la ciudad, y caminé sus calles, inventándome su historia en las esquinas, en las plazas, en las iglesias, en una librería y en sus puestos de comida, en su gente y en los bares.  Su cultura encerrada en museos, textil o de arte contemporáneo, me conmovía tanto como sus mercados, como las enredaderas de buganvilla tapizando los muros. Para mí era una ciudad habitada por Cronopios.  O sea, no podía ver adonde se escondían los Famas.

En mi segundo viaje a ciudad de México mi perplejidad estaba intacta, sólo que más urbana. La inmensidad de los monumentos históricos de la ciudad –que te obliga a elevar la vista más alto, cada vez más alto, hasta sentir que te caes de espaldas para abarcar la figura completa—¿signos de qué esa inmensidad ? La cortina de cristal del Palacio de Bellas Artes, que no la ví pero lo leí en la prensa, las librerías como bibliotecas o como templos (mis lugares favoritos), la torre Reforma, y yo, parada sobre Reforma, escuchando los susurros de una ciudad que te habla todo el tiempo. Yo, clavada en una esquina de Reforma, entre ráfagas  "porque a esa hora por Reforma corre el viento nocturno que le sobra a la noche" Amuletto de Bolaño 1999.

México tiene una fuerza que te jala y  hasta los chinos con su cultura milenaria terminan cocinando con maíz y aguacate; en Buenos Aires presumo que esto no sería así.

2666 es una novela sobre México, extensa, ambiciosa y donde se siente la muerte al acecho. Se nos presenta en cinco partes que bien soportan leerse separadamente.  Él dedicó sus últimos años a este trabajo y las ideas incluso venían desde antes. Me pregunto si él estaría tratando de encontrarse, y de despedirse también, de esa vastedad de país con esta obra colosal que abre todo el tiempo camino a lo desconocido.

“La escritura de 2666 ocupó a Bolaño los últimos años de su vida. Pero la concepción y el diseño de la novela son muy anteriores, y retrospectivamente cabe reconocer sus latidos en este y aquel libro de Bolaño, más en particular entre  los que fue publicando a partir de la conclusión de Los detectives salvajes (1998), que no por casualidad concluye en el desierto de Sonora”, dice Ignacio Echeverría en Notas a la Primera Edición (2004).

Bolaño, como los personajes de la novela, construyen durante años una línea de sentido, de fuga, que converge en Santa Teresa. Según cuenta Ignacio Echevarría, “en una de sus abundantes notas relativas a 2666, Bolaño señala la existencia en la obra de un “centro oculto” que se escondería debajo de lo que cabe considerar, por así decirlo, su “centro físico”. Hay razones para pensar que ese centro físico sería la ciudad de Santa Teresa, fiel trasunto de Ciudad Juárez, en la frontera de México con Estados Unidos.

En Santa Teresa convergen las cinco partes de la novela. ¿Cuál es esa línea de fuga hacia la que se orienta el sentido del libro ? Un alto sentido de riesgo, una voluntad insensata de querer abarcarlo todo, y así te lleva al final de sus páginas, siguiendo los pasos de Archimboldi, uno de sus protagonistas , y nos queda el sentimiento que si bien la novela no puede abarcarlo todo, el ojo del narrador  sí lo ha visto todo.

Como lectora, en el capítulo de los crímenes con el sinnúmero de víctimas, encontré las sinnúmero de formas de mi femineidad que había empezado a explorar en mi primer viaje a México. Sentí un escalofrío de miedo y me revolví en la seguridad de mi casa, de mi barrio y de esta ciudad para terminar pensando que ese capítulo debería leerse temprano en todas las escuelas de mi América Latina.

Terminé de leer 2666 en una isla de la Bahía Georgia en Ontario, a la hora en la que empezaba mi programa favorito de radio de la Ciudad de México. No tiene nada y todo que ver. Uno llega a los lugares como a los libros, buscando entender a través de algún centro físico que nos atrae de la tierra, el centro de uno mismo. Ese sur que llevamos dentro que no es otra cosa que el espacio indómito, desde el cual un puente imaginario se extiende entre el mundo real y el ficcional para, haciendo uso  de la propia imaginación, crear algo y liberarnos por el puro placer de existir.

Y así es, a través de la lectura de un libro, nuestro mundo acaba encontrando otro. Me tomo un mate, y si tuviera me tomaría un mezcal.